NATIVOS HERMANADOS CONTRA LA AVARICIA DEL CAPITAL

Poco o nada saben los ciudadanos del mundo de este histórico encuentro que unió a 3 mil asistentes, entre los cuales figuraron 570 delegados de 67 naciones y pueblos de 12 países desde Canadá a Chile.
Se trató del Primer Encuentro Continental Indígena que a ningún medio masivo ha interesado por no ser rentable.

Pues bien, este encuentro fue inaugurado por el máximo representante anfitrión del pueblo yaqui, por el Congreso Nacional Indígena (CNI), y por el vocero del EZLN, en un pequeño rincón del desierto de Sonora, Vicam (Mexico), a donde la “civilización” empujó a los nativos, bajo un sol cegador. Tuvo lugar del 10 al 14 de octubre (2007) como contrapunto del siempre celebrado 12 de octubre, “Día de la Raza”. Esta vez la raza se reunió, erguida, para conocerse, acompañarse, estrechar sus manos y un sueño, con un nuevo aliento y vocación de hermandad.

El compromiso central es el de ir cimentando una extensa y sólida organización que les permita vislumbrar una nueva época de dignidad y justicia. El primer paso y la finalidad última son defender con la vida a la Madre Tierra, amenazada hoy de destrucción y muerte en aras de la avaricia del mercado global; como dijo don Juan Chávez, de Nurio, “construir un proyecto de vida contra el proyecto de muerte neoliberal”.

Y este proyecto debe ser anticapitalista. Esta idea prevaleció a lo largo del encuentro, escuchándose en diferentes lenguas, herederas todas de una misma historia de dolor y resistencia, ahora fecundada por la esperanza. Así, se dejaron escuchar testimonios estremecedores como los de las tribus hopi y navajo en conflicto por las fronteras trazadas por el gobierno canadiense en base a intereses transnacionales así como los de los dené que no han olvidado aún el horror de las escuelas residenciales que operaron hasta 1984, secuestrando a los niños para confinarlos a las paredes tras las cuales religiosos católicos los “civilizaban”, obligándolos a olvidar su lengua y tradiciones y abusando de ellos sexualmente, o los achinawi del norte de California, reducidos a 10 por ciento de su población gracias a la “fiebre de oro” en la que contaminaron con mercurio sus aguas, arrasaron sus tierras y violaron a sus mujeres, asesinando a hombres y niños hasta desplazarlos al sur de San Francisco.

Y esa pesadilla no termina todavía, ahora han sido invadidos por plantas de energía eléctrica y tienen seis casos en la corte por defender sus sitios sagrados en un país que “va por el mundo defendiendo los derechos humanos”.

Y la lista sigue, interminable: los kiché de Guatemala, desalojados de sus tierras con lujo de violencia para abrir el camino a las mineras canadienses, o los lenka de Honduras donde las minas se asientan en 36 por ciento del territorio nacional y cuyos niños llevan ya cianuro en las venas. Y así la historia se repite como un patrón de destrucción. (Cualquier paralelo con Montes Azules y con el Plan Puebla Panamá es mera coincidencia). Todo lo resume el siguiente mensaje: “el capitalismo agonizante ha puesto los ojos en nuestras selvas, desiertos, bosques, montañas, aguas, mares, playas, maíces, saberes durante siglos aprendidos y defendidos”. Mas lo importante es que igualmente se multiplican las historias de resistencia y de organización: no hay acción sin reacción como reza toda ley natural.

Con orgullo y determinación crecientes, los pueblos indios de este continente van dejando atrás la imagen racista del indio dormido junto a un cactus, perezoso, incapaz y sometido con la mano tendida esperando una caridad. En esta especie de resurgimiento, están reconociendo un hecho significativo: el de la unidad. Han tomado conciencia de que hasta ahora han “peleado batallas separadas, individuales, pero que el enemigo nunca ha peleado contra todas las naciones indígenas”.

Al final del encuentro todos proclamaron solidarios y entusiastas: “con un solo corazón, con un solo puño, una sola voz: aquí estamos los indios, carajo… estamos juntos para unir nuestras fuerzas para construir un nuevo proyecto de vida para la humanidad, contra los proyectos de muerte y destrucción de los programas neoliberales capitalistas”.

Quisiera añadir que hay una lucha común que incorpora a los indígenas y a los no indígenas comprometidos en la transformación de la sociedad. Me refiero a la lucha contra los grandes males que sofocan nuestro presente: el monopolio del dinero, el de las armas y el de la palabra, este último, el de los medios de comunicación masiva resulta, quizá, el más grave.

¿Por qué razón? porque se adjudican el derecho de decir y juzgar lo que debe ser y lo que debe hacerse; porque se consideran el espacio donde se decide la “democracia” y finalmente, porque parecen haberse constituido en los que confieren u otorgan existencia a los hechos, datos, acontecimientos o personas.
Un ejemplo claro es el caso de los pueblos indígenas y de sus luchas, como la zapatista, sobre las cuales vivimos en la mentira del silencio. Su intención y la de sus amos en el poder es evidente: insinuar su inexistencia.

Otro dato que lo confirma es la agudización de la represión en los últimos meses. Y a pesar de todo, los indígenas, nuestros más antiguos, dan cada día más muestras de que existen y su vigor como movimiento crece y nos interpela con resonancias humanistas que contrastan con el modelo económico que propicia el ecocidio.

Termino con las palabras de Marcos al final del encuentro: “la rebelión que sacudirá al continente no repetirá los caminos y pasos de las anteriores que cambiaron la historia: será otra”.


Fuente: lajornadamichoacan.com.mx

2 comentarios:

  1. muchas gracias por la sabiduria que nos es brindada a las demas personas.tanto a americanos como latinos.como es mi caso,un joven indio mas de este hermosos planeta.la pachamama.gracias por todo y que siguan fuerte en el camino hermanos.

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  2. Nuestra civilización se lleva por delante tradiciones milenarias que se perderán para siempre.

    Saludos.

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